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    Lo que es de todos, ¿no es de nadie?

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    Hay países en los que las afrentas a lo público se pagan no con dinero o tiempo tras las rejas, sino con servicio a la comunidad.

    Parada de ómnibus

    No habían terminado de pintar los exteriores del Hospital Provincial General Docente Doctor Antonio Luaces Iraola cuando a la parada del transporte público situada una cuadra después ─que también recibió el beneficio de la pintura─ le “nacieron” varias promociones en sus columnas.

    Como si de un caballete para exponer obras maestras se tratara, decenas de hojas blancas impresas en tinta negra anunciaban la próxima presentación de un cantante popular, del “género urbano”. Iguales anuncios se esparcieron por toda la ciudad, convirtiendo cada columna, poste eléctrico, pared sin dueño, en una cartelera. El despliegue de divulgación resultó un exceso pues, al fin y al cabo, el concierto nunca se dio.

    No hubo bum bum ni blin blin y, sin embargo, la ciudad quedó sucia y empapelada como si le hubiera pasado por encima un carnaval. Hasta donde sé, no se exigió cuentas ni reparación a los responsables. Habría sido muy fácil, porque los organizadores de la fiesta se encargaron de que todos supiéramos quiénes eran.

    En ese punto, como otras tantísimas veces, una se pregunta si lo que es de todos realmente no es de nadie. Si es verdad que debe haber un dueño para que las cosas duren y se cuiden. Y, sobre todo, por qué no nos duele la afrenta a lo colectivo, a lo público.

    El propio hospital ha sido objeto frecuente y continuado de acciones que clasificarían en toda la línea como vandalismo y robo. Mientras una parte de la opinión popular se queja, con razón, de lo dilatado en el tiempo de la inversión en ese centro asistencial, de que parece una obra infinita y siempre le falta algo por terminar, otros usuarios aprovechan sus estancias obligatorias para “resolver” algo más que la salud.

    Solo admitiendo esto que apunto entenderíamos que, aun sin inaugurar lo remozado en el Cuerpo de Guardia, se “perdieran” los filtros de varios equipos acondicionadores de aire, llaves de lavamanos, tomacorrientes, herrajes de servicios sanitarios. Las ironías de la vida, luego, son abrumadoras: quienes menos cuidan son los que más exigen.

    Extrapolemos estas conductas a cualquier sector de la vida social y económica y no faltarán ejemplos. Los que en su casa no se atreverían a poner los pies sobre los muebles van al parque y terminan rompiendo los bancos. Quien pone sogas y talanqueras en su portal, después no tiene reparos en interrumpir la acera con materiales de la construcción. Aquellos indignados por la ineficiente gestión de Servicios Comunales en la recogida de la basura, contribuyen a los microvertederos con sus desechos a cualquier hora.

    Hay países en los que las afrentas a lo público se pagan no con dinero o tiempo tras las rejas, sino con servicio a la comunidad. Claro, depende de la magnitud de los hechos, pero no sería errado explorar esos mecanismos para retribuir a la sociedad el daño causado.

    Digo, por ejemplo, que quienes tapizaron las columnas de la parada de guaguas con invitaciones a un concierto, repararan su daño volviendo a pintarlas. Digo que quien rompa un banco, participe en su restauración. Digo que los piques de las calles “por cuenta propia” deben ser restaurados lo mejor posible por los “picadores”. Digo que la basura es nuestra y nos toca ponerla en el horario, la forma y el lugar correctos (aunque después Comunales demore una semana en recogerla). Digo que en el hospital faltan medicamentos (y eso no es secreto), pero ello no justifica el robo ni el descuido; un latiguillo nunca se convertirá en sonda.

    Lo que es de todos debería importarnos tanto como lo individual. Al final, qué es lo público si no la sumatoria de nuestras individualidades, puestas en fila sin jerarquías, condensadas, amalgamadas. El banco del parque es para todos. El transporte urbano (cuando regrese) será para todos.

    Este país es de todos, no solo de quienes puedan pagar un concierto de reguetón.

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