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    Cuidados: más allá de obligaciones

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    Amanda Tamayo Rodriguez

    Cada 5 de noviembre se conmemora el Día Internacional de las Personas Cuidadoras. Acercamiento al impacto de esta labor no solo a nivel social, sino personal. A lo que no se dice.

    Hace casi una década que Celia no tiene un esposo. El diagnóstico de Alzheimer se lo “robó” y, en su lugar, le dejó un niño asustadizo que hay que sacar a pasear en la madrugada porque le teme a la oscuridad.

    Hace unos pocos años que, además, la demencia de su madre casi centenaria le convierte los días en un manojo de cuidados y nervios.

    Un día tras otro de correr cuando sale del trabajo (que por suerte no tiene horario de oficina), preguntándose si se habrán peleado, si encendieron una hornilla o si encontraron las tijeras. Y también de disfrutar esas pocas horas fuera de casa, sintiéndose, en el fondo, muy culpable.

    Celia no se llama Celia, y la discreción que pide a Invasor es casi innecesaria, porque el nombre es lo de menos. Quien me lee puede hacer un breve ejercicio: ¿A cuántas personas ha cuidado, en algún momento de su vida, cada mujer de su familia? Entonces ya sabe que Celias hay muchas.

    No sería errado decir que, cuando se dedican a cuidar de sus mayores, o de sus enfermos, lo hacen por amor. Pero es también ingenuo creer que el amor debe bastarles para hipotecar su vida en nombre de otro, cambiar trabajo, interacciones sociales y hasta algún arreglo de uñas, por horas y horas de lavados, comidas y medicamentos.

    En Cuba, el cuidado tiene, casi siempre, rostro de mujer. Y más aún, de mujer de mediana edad, que, por lo general, también padece hipertensión, dolores de rodilla, gastritis o alguna otra enfermedad de base, abonada por años de trabajo remunerado y doméstico. En muchas familias no importa que tengan hermanos, cuñados o primos. Suegro(a)s, tío(a)s y padres o madres recaen en la o las mujeres de la casa, supuestamente mejor preparadas para “darse a los demás”.

    Y, a juzgar por las estadísticas, tienen Trabajo, con mayúsculas. “El país enfrenta un envejecimiento poblacional que se produce de manera rápida y profunda —según informe del Centro de Estudio de Población y Desarrollo. El conjunto de personas de 75 años y más (los denominados ‘viejos viejos’), es el que más crece; entre 1953 y 2012 la población de estas edades se multiplica por algo más de ocho veces”.

    Ninguna cuidadora o cuidador ha pensado (estoy casi segura) en sus aportes a la economía nacional y lo que significan millares de abuelos y abuelas que no son atendidos en facilidades del Estado, sino en casa. Si nuestra economía permitiese —lo que aún solo se logra de manera incipiente en el mundo— retribuir por los cuidados, toda esa gente merecería ser de “los nuevos ricos”.

    Hace unos meses, desde el diario Granma se hablaba del tema en estos términos: “Es un tipo de trabajo, sea remunerado o no, que garantiza el bienestar de las personas y puede satisfacer sus necesidades materiales, biológicas, afectivas y educativas. Se trata de una labor que usualmente pasa desapercibida, porque muchas veces se considera como una función natural de las mujeres”.

    Mirando el cuidado como un derecho y también un deber ciudadano, como propone el Código de las Familias (Capítulo VII), la lupa se mueve un poco desde las personas que necesitan asistencia hacia las que la proveen, muchas veces dejadas en la sombra. Los cuidadores y cuidadoras tienen también derecho a orientación, recursos y atención, incluso, psicológica, por la enorme demanda de energía y estabilidad mental que supone su tarea.

    Mientras tanto, lo que no cuesta nada ni pone presión a las instituciones es comprender eso, y nunca mirar el cuidado con el desdén de que “solo cumplen con su obligación”.

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